Lapicero

Fotografía:

Primavera. Esperanza

31/05/2024

El año pasado se despidió con flores; ramos y ramos. Tulipanes naranjas y blancos previos a una celebración, que igualmente reunió rosas, dalias y crisantemos sobre la mesa del salón. Durante semanas, estuve secándolas y sellándolas entre papeles. Es curioso como las flores son el mayor símbolo de vida, que se envía ante los felices acontecimientos, pero también el que conectamos con la despedida de nuestros muertos. Ahora estamos en primavera, y siento la necesidad de refugiarme en un lugar tan común como hablar de ellas. No me importa parecer cursi, en la medida que me ayuda a ordenar mis recuerdos y sentimientos, porque a través de los distintos pétalos de este año, he transitado todo tipo de estados emocionales. Y luego, vuelta a empezar. El sentido del humor de la vida es terroríficamente cruel.

O el sinsentido más bien. Un día estás en plena forma, y al siguiente te asesta un golpe brutal. Vendrán a decirme que sin muerte no hay vida, que sin dolor no hay alegría. Que unas flores deben marchitarse para que lleguen otras. Pero yo que sé, eran mis flores.

Y ya les había puesto un jarrón.

*

A finales de enero, me descubrí llorando ante la floración de los almendros. Fue en un viaje a Jaén, donde incluso detuve el coche para hacer unas fotos, porque aquellos árboles me habían vuelto a conectar con la vida, en una época donde andaba demasiado ahogada en mí misma.

El 11 de febrero, al separar la vista del libro de ese domingo, descubrí un ramo de tulipanes naranjas sobre la mesa del comedor. Me enorgullece no enterarme de nada de lo que sucede cuando estoy leyendo, pero todavía más que haya una persona que piense que merezco el ramo. No me gustan los obsequios caros, sin verdad. Las flores me parecen el regalo definitivo: un retazo que le arrancamos al tiempo, intentando atrapar su belleza en un jarrón, y cambiando el agua a menudo, como si eso fuera a evitar el carácter pasajero de la vida.

Allá por marzo, volví a presenciar una floración, solo que esta vez en Cieza. Mi padre me enseño a distinguir que se trataban de melocotoneros, con una flor más rosa que la del almendro. Recuerdo que todo iba muy rápido en aquella época, así que me pertrechaba más y más en mi atalaya –de entonces es la entrada de invierno en el blog, ilustrada con el faro de Cartagena-.

Para cuando se nos echó encima la primavera, Brava andaba revoltosa y yo no quería lidiar más batallas insustanciales con gente sin luz. Solo quería ver tortugas en Filipinas, como sucedió en abril. No hubo flores terrestres, pero sí fondos marinos y rutas en moto por carreteras rodeadas de selvas y bosques. Cada vez lo tengo más claro: la naturaleza nos sana. Volví recuperada, con aire nuevo en los pulmones, y habiendo presenciado un amanecer púrpura.

*

Os voy a contar mayo, porque vengo a despedirlo. Ha sido un mes muy feliz -al principio- y tremendamente duro -al final-, y me siento como si me hubiesen arrancado todas las flores del jardín. Mayo es el mes de los geranios. Puesta a ser cursi del todo, diré que para Ferran y para mí es nuestra flor más simbólica -aquel invernadero de geranios, justo por estas fechas-, y que hemos llegado a viajar a propósito para transplantar esquejes. Pero también sentimos nuestros los tulipanes. De hecho, antes de que pasara todo lo malo, a mi regreso de París, encontré un ramo de ellos sobre la mesa del salón, de color pálido. Solo cinco días después me estaban operando, porque la vida es así de chula. Y me acordé -las cosas de las que se acuerda una en la camilla- de cuando logramos que creciera un tulipán espigado y amarillo en el balcón.

Salíamos a mirarlo a menudo, porque es de este tipo de cosas que te ponen de buen humor. Una pequeña victoria. “Hasta que llegaste tú, se me morían todas las plantas”, le confesé a Ferran con mucho pudor, y la inseguridad patológica de que hay algo malo en mí. Vuelvo a sentirme un poco de esa manera. Pero entonces me gustó que se riera y le quitara importancia, prometiendo que él se encargaría de cuidar todas las plantas venideras. Ciertamente, ahora tenemos una monstera gigante amenazando con romper su maceta y el mejor balcón del edificio.

*

De eso hace mucho, volvamos al último tramo de mayo. La siguiente flor que apareció en mi casa fueron los girasoles. Llegados desde la Plaza del Ayuntamiento, después de un paseo especialmente triste, como símbolo de que lo que no te destruye… pues bueno, te pasa por encima igual. La vendedora advirtió: «Se van a abrir y se harán enormes». Es verdad, están inmensos. Tan amarillos que me devuelven la esperanza con solo mirarlos, porque otro de los síntomas de que envejezco es el fuerte efecto que tienen en mí la cosas sencillas. Una flor, una prenda de ropa o un dibujo son capaces de ponerme a llorar. A una edad en la que cada vez me sorprendo menos, la excitación ya no está en lo nuevo y estimulante, sino en lo que se mueve despacio y es verdadero. ¿Acaso hay algo más verdadero que regalar flores?

Las flores son un mensaje de lo que está pasando y ya no volverá a pasar. Son un retazo del mundo en el que transitarán las estaciones, incluso cuando ya no estemos para asistir a ellas. Mientras haya flores en el jarrón, creeremos que vamos ganando la partida.

Por Almudena Ortuño